El orden y la jaula: por qué la respuesta a Trump y al ICE es tibia y fracturada
Las imágenes de las redadas del ICE, la separación de familias, la expansión discrecional de la maquinaria coercitiva del Estado bajo la era Trump —y su persistencia posterior— no han provocado una reacción proporcional a su gravedad. No ha habido una fractura moral clara. No ha habido un “hasta aquí”. Solo indignación episódica digital, respuestas locales y fragmentadas, discursos prudentes y una incomodidad que se disuelve rápido.
Esta tibieza no parece fruto de la ignorancia ni de falta de información. Parece algo más inquietante: una adaptación colectiva.
1. La pedagogía del exceso
Trump no gobierna desde la excepción, sino desde la saturación. Cada día trae una nueva transgresión, un nuevo límite desplazado unos centímetros más allá. El resultado no es una rebelión, como cabría esperar, sino la fatiga moral. En una situación similar de normalización de lo inaudito, Zygmunt Bauman señaló cómo la sociedad acaba por aceptar como “racional” lo que inicialmente le repugna, simplemente porque el exceso se vuelve rutina (Vida líquida, 2007).
Cuando todo es escándalo, nada lo es.
2. La guerra entre los últimos
En los estratos más bajos del sistema económico la competencia es brutal: empleos mal pagados, vivienda escasa, servicios públicos saturados. En ese contexto, la represión migratoria puede percibirse —no como justicia— sino como alivio relativo. No mejora la vida de nadie, pero desplaza la presión hacia otro aún más vulnerable. En este punto convergen las observaciones de Saskia Sassen sobre cómo las políticas migratorias contemporáneas operan como mecanismos de control que reorganizan las jerarquías sociales (Territorio, autoridad y derechos, 2019).
Aquí emerge una verdad incómoda: cuando el sistema no ofrece salidas colectivas, mucha gente opta por pactos individuales con la injusticia.
3. Del conflicto vertical al horizontal
Una de las grandes eficacias de la estrategia trumpista ha sido sustituir el conflicto clásico arriba/abajo por conflictos laterales:
nacionales contra extranjeros
legales contra ilegales
productivos contra parásitos
merecedores contra sobrantes
Al redefinir el conflicto en categorías identitarias, se desactiva la conciencia de clase. El ICE deja de ser percibido como brazo coercitivo del Estado al servicio de un orden económico desigual y pasa a ser un garante de orden frente al caos. Esta lógica recuerda lo descrito por Nancy Fraser: cuando el reconocimiento identitario desplaza a la redistribución económica, la política se empobrece y la solidaridad se fragmenta (Redistribución o reconocimiento, 2009).
4. El legalismo como anestesia moral
Las democracias liberales tienen un punto ciego peligroso: tienden a confundir legalidad con legitimidad. ICE actúa bajo el amparo de la ley. No es una milicia irregular, no es una fuerza clandestina. Eso basta para que una parte significativa de la sociedad suspenda el juicio moral. “Si es legal, será necesario. Si es necesario, no lo cuestiono”.
Hannah Arendt ya advertía cómo la racionalidad administrativa puede producir actos moralmente atroces, precisamente porque el aparato legal y burocrático disimula la responsabilidad personal (Los orígenes del totalitarismo, 1951).
5. El cálculo de las élites
La tibieza también viene de arriba. Parte del establishment liberal teme que una confrontación frontal con el aparato coercitivo del Estado sea interpretada como debilidad. El resultado es un discurso tecnocrático, jurídico y frío, que no interpela emocionalmente a nadie. Pero los grandes momentos de ruptura democrática no nacen de informes ni de matices. Nacen cuando alguien nombra el abuso como abuso, sin rodeos.
6. El adagio incómodo
“El esclavo no quiere libertad, quiere ser negrero.” La frase es brutal y deliberadamente provocadora, pero señala una dinámica real: cuando el sistema solo ofrece seguridad relativa a costa de otro, muchos prefieren ocupar una posición ligeramente menos vulnerable antes que cuestionar la estructura entera.
El matiz es importante: no es que no deseen libertad, es que no pueden imaginarla sin riesgo inmediato.
7. Democracia, precariedad y jaula
Las democracias liberales no suelen morir por golpes espectaculares, sino por acomodación progresiva: la suma de pequeñas claudicaciones que parecen racionales a corto plazo y devastadoras a largo. ICE —y lo que representa— no es solo un problema migratorio. Es un síntoma: el momento en que una sociedad acepta que ciertos cuerpos pueden ser tratados como descartables para preservar una ilusión de orden.
Cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser qué les pasará a los más vulnerables, y se convierte en: quién será el siguiente cuando el perímetro se estreche.
Epílogo: regresar a Ítaca
Ítaca, en el mito, no es solo el hogar: es el lugar al que se vuelve después de haber visto el mundo tal como es.
Regresar a Ítaca hoy implica reconocer que el orden sin justicia es solo una jaula bien administrada, y que la libertad no se pierde de golpe, sino por cansancio.
La tibieza no es neutral.
Siempre beneficia al poder que ya existe.
—Por Regreso a Ítaca
Referencias
- Bauman, Zygmunt. Vida líquida. Taurus, 2007.
- Sassen, Saskia. Territorio, autoridad y derechos: redes globales y nuevas formas de desigualdad. Katz, 2019.
- Fraser, Nancy. Redistribución o reconocimiento: ¿un nuevo vocabulario para la justicia social? Ediciones Cátedra, 2009.
- Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Fondo de Cultura Económica, 2006 (traducción).
