Durante décadas creímos haber dejado atrás lo peor de nosotros mismos. Europa, exhausta tras su propio suicidio, levantó instituciones, reconstruyó ciudades y convirtió el recuerdo del horror en un ejercicio pedagógico. Parecía suficiente. Parecía definitivo. Y, sin embargo, algo quedó sin resolver. No enterrado, sino dormido. No era un dios antiguo ni una maldición sobrenatural. Era Moloch. No el ídolo de bronce de los mitos bíblicos, sino la estructura profunda que habita toda sociedad humana: la tendencia a descargar la tensión colectiva mediante la violencia, el sacrificio, la exclusión. Una savia negra, como un río subterráneo, que no desaparece con el progreso, solo cambia de cauce. La reconstrucción y el silencio La Europa de posguerra se reconstruyó sobre una paradoja que durante mucho tiempo preferimos no mirar de frente. Como mostró tempranamente Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, el mal radical no surge de monstruos excepcionales, sino de personas norm...