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El orden y la jaula: por qué la respuesta a Trump y al ICE es tibia y fracturada

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Hay momentos en que la pregunta correcta no es  qué está pasando , sino  por qué no pasa nada . Las imágenes de las redadas del ICE, la separación de familias, la expansión discrecional de la maquinaria coercitiva del Estado bajo la era Trump —y su persistencia posterior— no han provocado una reacción proporcional a su gravedad. No ha habido una fractura moral clara. No ha habido un “hasta aquí”. Solo indignación episódica digital, respuestas locales y fragmentadas, discursos prudentes y una incomodidad que se disuelve rápido. Esta tibieza no parece fruto de la ignorancia ni de falta de información. Parece algo más inquietante: una  adaptación colectiva . 1. La pedagogía del exceso Trump no gobierna desde la excepción, sino desde la saturación. Cada día trae una nueva transgresión, un nuevo límite desplazado unos centímetros más allá. El resultado no es una rebelión, como cabría esperar, sino la  fatiga moral . En una situación similar de normalización de lo inaudito...

La paz beneficia a todos; la guerra, solo a unos pocos

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Afirmar que la paz beneficia a todos mientras que la guerra favorece únicamente a unos pocos puede parecer una consigna moral bienintencionada. Sin embargo, lejos de ser una intuición ingenua, esta idea describe una regularidad histórica, económica y política que se repite con notable constancia. Allí donde se analizan con rigor los efectos de la guerra, emerge siempre el mismo patrón: los beneficios se concentran en minorías organizadas, mientras los costes recaen sobre la mayoría social. 1. La paz como bien común sin propietario La paz es un bien colectivo difícil de apropiar. No tiene dueños visibles ni genera réditos inmediatos para actores concretos. Precisamente por eso es frágil. Como señaló Karl Polanyi, los sistemas sociales tienden a desestabilizarse cuando se subordinan a intereses de corto plazo y pierden su anclaje en estructuras cooperativas duraderas (La gran transformación). En contextos de paz prolongada: • se consolidan las instituciones, • aumenta la inversió...

Cambiar el campo de juego: liberalismo, radicalismo y el fin del Estado suficiente

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Hay momentos históricos en los que las categorías políticas dejan de describir la realidad y empiezan a ocultarla. La insistencia contemporánea en leer el conflicto político a través del eje izquierda–derecha pertenece a esa clase de errores persistentes: marcos conceptuales agotados que sobreviven por inercia mientras el mundo que pretendían ordenar se disuelve.  No asistimos simplemente a un giro electoral ni a una crisis de liderazgo. Estamos ante una mutación estructural del espacio político, y su incomprensión explica el declive simultáneo de las izquierdas y derechas moderadas en buena parte del mundo occidental.  I. 2008: la fractura del tiempo histórico  La crisis financiera de 2008 no fue solo un colapso económico; fue una ruptura temporal. Hasta entonces, las democracias liberales europeas descansaban sobre una promesa implícita: el futuro sería mejor que el pasado. No necesariamente más justo, pero sí más próspero. Esa expectativa articulaba la legitimidad del ...

Después del fin de la Historia, Moloch despertó

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Durante décadas creímos haber dejado atrás lo peor de nosotros mismos. Europa, exhausta tras su propio suicidio, levantó instituciones, reconstruyó ciudades y convirtió el recuerdo del horror en un ejercicio pedagógico. Parecía suficiente. Parecía definitivo. Y, sin embargo, algo quedó sin resolver. No enterrado, sino dormido. No era un dios antiguo ni una maldición sobrenatural. Era Moloch. No el ídolo de bronce de los mitos bíblicos, sino la estructura profunda que habita toda sociedad humana: la tendencia a descargar la tensión colectiva mediante la violencia, el sacrificio, la exclusión. Una savia negra, como un río subterráneo, que no desaparece con el progreso, solo cambia de cauce. La reconstrucción y el silencio La Europa de posguerra se reconstruyó sobre una paradoja que durante mucho tiempo preferimos no mirar de frente. Como mostró tempranamente Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, el mal radical no surge de monstruos excepcionales, sino de personas norm...

El valor del clic: el alpiste digital del Leviatán de la posmodernidad

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En la mitología política de la modernidad, el Leviatán de Hobbes se erguía como un monstruo visible, dotado de rostro, soberano y espada. Su autoridad nacía del pacto social y su poder era reconocible. Pero en la posmodernidad digital, ese monstruo ha mutado. Ya no gobierna desde un trono ni desde un palacio: gobierna desde un entramado algorítmico que se alimenta silenciosamente de nuestras microacciones cotidianas. Hoy, ese Leviatán no exige obediencia explícita: exige clics. Somos austeros con el dinero físico —lo contamos, lo medimos, lo administramos—, o con el esfuerzo personal, incluso con los afectos, pero derramamos clics con la despreocupación de quien esparce alpiste en un parque. Ahí reside la paradoja más profunda de nuestra época digital: aquello que nos parece ínfimo es, precisamente, lo que sostiene a las mayores estructuras de poder del siglo XXI. 1. El clic: la unidad mínima del mercado atencional Herbert Simon, en uno de los diagnósticos más certeros del siglo XX, es...

La desmemoria digital: cómo se blanquea una dictadura ante la indiferencia de una generación

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Hay algo profundamente inquietante en la España contemporánea: la memoria colectiva se está vaciando más rápido que nunca, mientras las redes sociales llenan ese vacío con fragmentos de propaganda emocional. En este hueco —donde antes había experiencia, relatos familiares y vida vivida— ahora crecen narrativas falsas, simplificadas, cómodas. Y entre ellas destaca una: la banalización del franquismo, una forma de nostalgia prefabricada que se despliega con eficacia quirúrgica entre quienes no conocen el peso real de la palabra “dictadura”. No es un debate historiográfico. Es un síntoma cultural. Y como todo síntoma, revela una enfermedad más profunda: la desconexión radical entre una generación que habita el presente absoluto y un pasado que ya no sabe interpretar. 1. La memoria histórica como ruina cultural España confió demasiado en que el tiempo curaría las heridas y preservaría el recuerdo. Pero el tiempo no conserva nada por sí mismo: solo oxida. Y lo oxidado, tarde o temprano, se ...